domingo, 27 de septiembre de 2009

Los Perdidos en Tokio




En este momento deberíamos estar caminando en Tokio
saludando a tus falsos parientes,
ebrios en Sake y luces.

Buscando lugares dónde hacernos sesentaynueves.

Ligaríamos ojos rasgados.
Probaríamos nuevas drogas
que nos pongan los ojos de
Mr. Chispa.

Acumulemos, como siempre,
cerveza en burós de hoteles:
Torres de las que beberemos
al día siguiente.

Descalza cortándote los pies hermosos:
 yo te los curo y te los beso.

Probando dulces que te destrozarán el estómago
Comprándote lentes de precios imposibles.

Comiendo sandía cuadrada,
pasándonos las semillas boca a boca
riendo y riendo.

O tirándonos bicicletas por balcones,
no importa, ya revivirán.

Traéme mi tequila barato,
Lo espero de nuevo en Obregón.

Por cierto,
ayer (hace cinco días) oí a los Yeahs Yeahs Yeahs,
te busqué en el bar
pero ya no eras la cantante.

viernes, 25 de septiembre de 2009

radio gaga




Nostalgia de algo que no viví. Así llamo a un sentimiento que experimento frecuentemente al escuchar música. Sucede cuando la canción me conmueve y me sugiere ideas a las que no tengo recuerdos que asociar.

La primera vez que recuerdo claramente haberla sentido fue cuando tenía 13 años. Era de noche. Seguramente era un viernes por la noche, porque solían ser noches muy tranquilas en mi casa. Después de una pesada semana en el trabajo mi papá sólo tenía ánimos de cenar, ver la tele con mi mamá o platicar un rato y dormir. Mi hermano y yo éramos muy chicos para salir y generalmente nos acostábamos o nos encerrábamos en nuestros respectivos cuartos temprano. Y sí, seguramente era un viernes por la noche porque fuera de mi ventana la noche se sentía cargada, mágica, húmeda, llena de promesas, así como suelen sentirse las noches de viernes en Guadalajara.

Ese mundo que prometía la ciudad yo no lo conocía ni por equivocación. Sólo podía imaginármelo y añorarlo justamente como lo hacía esa noche: acostada, bajo las sábanas, con un pequeño radio portátil Sony pegado a mi cabeza sintonizado con el volumen más bajo posible para que mis papás no se dieran cuenta de que seguía despierta. Y escuchaba la voz ronca y sensual - típica de locutora- que hablaba sobre Brian Setzer. Y yo, impaciente, articulaba en silencio el nombre, adivinando como se deletrearía para no olvidarlo en caso de que me gustara la canción que estaba por iniciar. Y empezaba. Y yo abría los ojos y no cabía en mi cama de la emoción. No cabía en mi casa, no cabía en mi cuerpo. Quería salir, quería vivir esa canción que ya de por sí estaba llena de vida, de imágenes borrosas de aventuras nocturnas y de personajes que en mi mente no podía aclarar. Y pensaba que algún lado de la ciudad habría gente escuchando la música al mismo tiempo que yo y la vivía de veras. Y esa gente se contagiaba de esta vibra incontenible y la alimentaba también. Y la canción se transformaba en mil cosas a cada momento y yo seguía aquí encerrada. ¡Y qué absurdo me parecía! Yo viéndolo todo de mentiritas, mientras las cosas realmente sucedían afuera. Tan de mentiritas era que de haber dado un paso fuera de mi cama el radio se hubiera vuelto inaudible y para mí ese mundo se hubiera esfumado. Y para esa gente nada hubiera cambiado y seguirían riendo, bailando, formando parte de esa nube increíble de magia que flotaba sobre mi cama.

De esa manera tan enternecedora viví mucho más con el radio Sony: desde los sones jarochos hasta Miles Davis pasando por cada sutil matiz del rock o el novedosísimo Nortec. Todos de lejecitos con ese eco del FM de por medio. Todos siempre seduciéndome. Todos siempre acongojándome.

Entre tantas mudanzas no sé donde quedó el radio Sony. Pero a mí todavía me pega la nostalgia de algo que no viví.

jueves, 24 de septiembre de 2009

ROPA







Es verdad que las cosas que poseemos terminan por poseernos a nosotros. Pero en el caso de la ropa es poco decir: la ropa se convierte en nuestro amo y señor, y correspondientemente, nos convertimos en sus siervos y guardianes. A ella debemos rendir tributo regularmente so pena de fallar a las más elementales convenciones sociales (Dios No Lo Quiera).
Al entrar a una lavandería de autoservicio no puedo más que sentir ternura, ¡qué indefensos somos todos!

Más que una tarea doméstica, lavar la ropa es una ceremonia, un ritual de purificación. En las lavanderías de autoservicio coincidimos personas de todo tipo, con todo tipo de horarios y todo tipo de ocupaciones, pero que compartimos esa sumisión para con nuestra ropa. Una dependencia total.

Ahí, en esos templos de limpieza, honramos nuestro tesoro. Esperamos y vigilamos mientras el ritual se completa dentro de la lavadora. Mientras ojeamos una revista estamos lanzando furtivas miradas al botón del ciclo y a los demás presentes, en caso de que alguno quisiera profanar nuestro tesoro o robarnos suavizante.

Cuando viene el intermedio rezamos porque nuestra ofrenda de detergentes y remedios caseros haya agradado a los dioses y hayan desaparecido las manchas.
Debemos sacar la ropa de la lavadora y meterla a la secadora, donde terminará el proceso de purificación. Con prontitud verificamos que todo está en orden. Añadimos un par de hojitas suavizantes sin saber exactamente cuál es su papel: por simple imitación de nuestros antecesores, justo como deben ser los rituales. Cerramos la puerta y regresamos a nuestros puestos. Nuevamente a custodiar.

Cuando al fin el ciclo termina nos apresuramos a la secadora. Alerta: un intempestivo presentimiento nos acecha. Cualquier cosa pudo haber salido mal en la secadora. Temiendo a lo desconocido abrimos la puerta…
¡Todo ha salido bien! Nuestro tesoro está calientito, con un dejo de humedad y un supuesto olor de pureza silvestre. Nos exige que no perdamos el tiempo y lo doblemos inmediatamente. Con la serenidad de quien sabe exactamente lo que se espera de él y como hacerlo, toda arruga y todo gesto desaparecen de nuestros rostros y comenzamos a doblar. Con diligencia sacudimos, estiramos y doblamos. Pacientemente empatamos nuestros calcetines. Pudorosamente doblamos la ropa interior lejos de la vista de los demás guardianes. Guardamos nuestras sábanas con toda la perpendicularidad que se merecen.

Al terminar, disfrutamos nuestro momento. Guardamos todos los utensilios y nos alejamos de la lavandería, sabiéndonos libres de obligaciones por otro par de semanas. 



domingo, 20 de septiembre de 2009

AVISO DE BLOGGER



El equipo de Blogger™ les envía un cordial saludo.
Les agradecemos enormente el haber elegido uno
de nuestros productos, les recordamos que constan-
temente estamos haciendo revisiones y leyendo las
sugerencias que ustedes amablemente nos envían.

Como sabrán, la mayor parte de los productos de la
familia Google™ se manejan por algoritmos. Éstos
son, en palabras simples, fórmulas que permiten la
funcionalidad de los servicios web que usas.

Hemos detectado recientemente una sobrecarga emocio
nal en sus post del sitio: http://www.vulka.blogspot.com.
El algoritmo que controla este tipo de sentimientos
tiene una capacidad limitada. Para evitar una sobre-
carga en el sistema que soporta su blog, les pedimos,
amablemente, escribir textos con sentimientos más
positivos o amenos.

Disculpe las molestias de este aviso, de antemano
le enviamos un Abrazo de Amor™

Siga posteando con Blogger™!

viernes, 18 de septiembre de 2009

Preparatorianas.




Antes me gustaba pasar las tardes con mis amigas. Daríamos una vuelta en carro o nos veríamos en algún lugar o simplemente estaríamos juntas en casa de alguna. La verdad es que todas nuestras actividades eran perfectamente improductivas. Sanas, raramente indebidas, pero invariablemente improductivas.

Seguramente estaríamos hablando de hombres (yo nunca compartía con tanto entusiasmo esta parte de la conversación… ahora sabemos por qué), criticando gente de la escuela, quejándonos de nuestras familias o compartiendo a cuenta gotas fragmentos de nuestras nacientes vidas sexuales.
Pero reía mucho. Muchísimo. Toda la tarde, toda la noche. Los últimos dos años de mi preparatoria fueron años completamente banales y felices, en los que olvidé cualquier aspiración académica que hubiera cosechado hasta el momento y me entregué plenamente a los placeres sencillos de la vida estudiantil: la despreocupación, el sexo y el alcohol. Me convertí sin dudarlo en una jovencita promedio, con actividades promedio.

A veces, cuando pienso en mis pulcras ambiciones académicas o profesionales de la pubertad, me reprocho que hayan sido tan impensadas, tan automáticas que ahora ya no les encuentro el sentido. Pero me parece que no es la pubertad la que debería lamentar, sino mi adolescencia, esa etapa que sirvió como punto de comparación. Es verdad que en mi pubertad era infinitamente más ingenua, pero también es verdad que era infinitamente más pura. Aún no había sido seducida por el fantasma de la comodidad, del conformismo, de los placeres simples.
Hoy soy una adulta joven. Conmigo, este fantasma también ha crecido y ahora es también mi verdugo. Me está matando. Mi vida carece completamente de sentido. He sido dos cosas opuestas y entre ellas se han traicionado y ya no puedo saber porqué he sido ninguna de las dos.
No puedo recordar cuál era mi motivación incondicional para el estudio. Mis padres me repetían que lo importante era que entendiera que no lo hacía por ellos, sino por mí. Yo siempre repliqué en instantáneo que lo entendía perfectamente, pero sólo ahora me he dado cuenta de la seriedad de su advertencia.
Y tampoco puedo volver a ser así de superficial. Puedo hacerlo igual que un niño que se va a dormir sabiendo que no ha hecho la tarea que debe entregar a la mañana siguiente, con ese presentimiento de que en su mochila se esconde una calamidad que llegará irremediablemente y con la esperanza secreta de que la situación se arreglará mágicamente sin que haga nada para solucionarla. Puedo salir y emborracharme, pero la resaca moral me martilla la conciencia igual que por la mañana me martilla la cabeza. Puedo desvelarme sin sentido, puedo malgastar mi dinero, puedo tener sexo casual y carcajearme todo el día, pero no estoy llegando a ningún lado, no estoy descubriendo el sentido que he olvidado para ser ninguno de mis opuestos.

Así que estoy rezando por que llegue desde fuera esa mágica solución. Mientras, estoy jugando a los dos personajes. Uno de día, otro de noche. Uno en la oficina, otro en la calle. Pero lo hago mal y la gente se da cuenta. Se dan cuenta que soy una impostora y adivinan cuando la superflua vino a trabajar o cuando la ñoña vino a la fiesta. Me hace miserable interpretar un personaje y no saber porqué. Es insufrible interpretar dos. Y lo peor, lo que debería darme vergüenza, es que éstos ya no son personajes que interpreto, sino que se han convertido en los únicos dos polos de una personalidad que de otro modo se ha desvanecido. Cualquier día de éstos alguien va a llegar y me va a decir que es hora de entregar mi tarea. A ver qué pretexto le invento. A ver si entonces sí me da vergüenza.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Un año en telegramas





Vivía en DF.

Tenía novia a distancia. La amaba.

Tenía otra novia en DF. Me quería.

Era director de una escuela que enseñaba cómo hacer publicidad. Lo odiaba.

Tras una noche de larga fiesta, por beber a las 11 del día en plena calle, a un amigo y a mi nos llevaron a una agencia del ministerio público.

En el separo regalé la playera que traía puesta a un tipo que estaba todo mojado.

En el separo yo gritaba que era preso prolítico, que estaban cometiendo un crimen de conciencia. Mi amigo reía. Le falta un premolar a mi amigo.

Mis padres y mi abuela me liberaron previa mordida. Me llevaron a una cantina.

Más tarde, en un Oxxo, unos amigos de la calle me pidieron 10 pesos para un Tonayán. Les compré un Absolut y un Bacardí. Me invitaron a beber con ellos.

Inhalé pegamento con ellos.

Los mismos amigos, en extrema muestra de cortesía, me ofrecieron a su chica que en realidad era un chico muy femenino y un poco sucio. Decliné amablemente.

Platiqué con una junkie de 60 años y con Sida. Con su tranquilidad, su mirada alegre de ojos vacíos, me hizo ver una parte de la belleza de la vida que muy pocos tienen la oportunidad de llegar a ver.

Terminé bebiendo copas con un desconocido y una buena mujer de mala reputación. La besé.

No tuve el dinero para pagar la cuenta completa. Me dejaron ir.

Me dio una cruda moral de 7 días.

Se lo conté a mi novia de DF. Me cortó.

Comencé a quererla.

Fui a ver a mi novia a distancia y le propuse venirse a vivir a mi hermosa pinche ciudad.

Dijo que sí.

Empecé a descontar días.

Tras otro doble día de juerga (Patrick Miller, Cantina de Son Cubano, Mi casa, Rosita Alvírez, tres cantinas después), terminé dormido en una banca del centro.

Cuando desperté no sabía en qué estado de la República estaba ni cómo contactar a mis anfitriones.

En mi descargo, debo decir que en ese tiempo daba muchas conferencias.

Mi trabajo me aburría enormemente.

La exnovia retrasó un mes más su llegada.

No importa, le dije.

Dejé de beber, hice ejercicio, hacía las cosas bien.

Llegó la esperada.

Me dijo: no sé cómo o por qué, solías ser una presencia total; un día dejaste de estar ahí, te saliste de mi cabeza.

Durmió conmigo, luego fui a beber.

En la cantina conocí a un tipo que organizaba orgías en hoteles. Le gustó mi amiga acompañante. Me invitó a una de sus reuniones. Decliné. Guardé su teléfono.

Duré un mes más con Ella.

No iba a funcionar, le dejé de hablar.

Me morí.

Bebía todos los días. A veces un litro de vodka al día.

Por lo mismo, se me olvidó ir al concierto de Radiohead. Tenía boleto caro.

Por primera vez en mi vida, mi familia me vio llorar. Varias veces.

Tras sendas pedas, pintaba murales en las paredes de mi departamento.

Tuve una roomate. Es “border”. Está buena. Es alcohólica. Está totalmente loca. Me baila table dances.

Renuncié a mi trabajo. Me dijeron: ok, dános 2 meses.

En las mañanas, antes de bañarme, lloraba. Pedía que algo bueno pasara en mi vida.

Un par de semanas después me dijeron: ¿Quieres hacer una escuela en Saltillo?

Dije: sí.

El Dios de la Regadera había actuado.

Una terapeuta Gestalt me dijo: Tienes que aprender a quererte.

Un Podólogo, que me puso plantillas de por vida, me dijo: quiérete.

Pensé: tengo que aprender a quererme.

Un santero cubano me dijo: En esta vida todo tiene un precio. Tú eliges qué precio pagar.

Murakami dijo: Sólo soy una parte del camino por donde pasa el hombre que realmente soy.

Jodorowsky dijo: el peor daño que los padres le pueden hacer a un niño es no acariciarlo.

No dormí durante tres noches seguidas. La primera estuvo bien; la segunda, genial, nunca se me va a olvidar, y en la tercera me estaba volviendo loco: Oía un loop infinito del Perro Bermúdez narrando un partido de futbol.

Cerré mi negocio en DF.

Dejé de beber.

Mi padres me dijeron: perdónanos.

Le dije a toda mi familia: perdónenme.

Me vine a Saltillo.

Abrí una escuela.

Tengo muchos amigos. Estoy solo.

Acabo de cumplir 35.

Soy feliz y si siguiera el consejo de Charles Bukowski, no debería escribir.

Pero él está muerto y yo no.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Guía rápida para engañar la voluntad / Minúsculo compendio de aforismos para abúlicos.





- Debo pensarlo dos veces. Tal vez estaba equivocado cuando me fijé este objetivo.
- Es una ocasión especial.
- Antes, debo descansar.
- No quiero apresurar mi decisión.
- Que espere, hoy merezco distraerme.
- Realmente no necesito despertarme tan temprano.
- Ya he excedido un poco el límite. Excederlo un poco más no importa. [aplicable a cualquier tipo de límite]
- No depende (sólo) de mí.
- Hay otras cosas más urgentes.
- No es el momento adecuado.
- Mi amigo entenderá.
- Voy lento pero seguro.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

10.5 días



Si me gustaran las mujeres, me gustarías tú. Me lo dijo. ¿Por qué me lo dijo? Yo esperaba que me lo dijera. Algo así. ¿Para qué?
La conozco por casualidad. Llego al bar sola. Ella viene con uno de esos amigos que saludo con efusividad exagerada porque alguna vez, hace mucho, coincidimos en una fiesta y nos divertimos muchísimo, pero en realidad no sé ni madres sobre él. Inmediatamente siento su atención sobre mí, inmediatamente siento su esfuerzo por excluir a mi amigo de la plática y quedarse sola conmigo.
Es guapa, es alta, es delgada. Acerca su boca a mi oído cuando habla para que pueda escucharla mejor. Cuando lo hace, acaricia un poco mi cabello. Hay mucha gente en el bar y estamos bastante cerca una de la otra. Mi amigo ha sido completamente excluido de la conversación, que ahora cubre temas tan diversos como su adolescencia, el descontento de su madre con su anterior corte de cabello, y las drogas de su elección. El tono de la conversación es ligero, con muchas risas. Me propone que brindemos y que al beber nos miremos a los ojos, de lo contrario nos esperan siete años de mal sexo. Y nadie quiere siete años de mal sexo, ¿o sí?
Mi amigo nos informa que aún estamos a tiempo de comprar alcohol en alguna tienda y beberlo en el departamento de uno de ellos. ¿Vienes con nosotros? Sí, vámonos. Te sigo. Camino hacia fuera y ella camina detrás de mí, con sus manos sobre mis hombros.
Vamos nosotras dos y otros tres chicos. Ella me explica que han sido amigos desde hace 12 años. Compramos cervezas, subimos a un taxi. Me siento junto a ella. Toca mi rodilla izquierda. Todos vamos apretados en el asiento de atrás, gritando y riendo. Bromeamos con el taxista. Ella hace un comentario sobre homosexuales que sólo podría hacer alguien muy distraído, alguien estúpidamente intolerante, o alguien gay. Recuesta su cabeza sobre mí en gesto de cansancio. Debe ser gay.
Llegamos al departamento y me acomodo en un sillón junto a ella. Todos tomamos una cerveza y mi amigo se sienta frente a mí, inicia una conversación estúpida. No me puedo concentrar porque ella comienza a hablar sobre cómo hace una semana y media cortó con su novio de dos años. Se me descompone el gesto. Sé que ella lo ha dicho para que yo escuchara: el resto de ellos debe saberse bien la historia. No me desanima que haya tenido novio, ¡yo también tengo un par de ex novios! Pero me desanima que sea tan reciente. No tengo el corazón (y probablemente tampoco la habilidad) de cogerme a alguien herido, recién cortado.
Esto es un caso perdido. ¿Qué hago? ¿Me voy? Ella sigue hablando con otro tipo sobre su ruptura, y lentamente me involucro en la conversación hasta que de nuevo excluimos a todos los demás y quedamos hablando sólo nosotras. Empieza a llegar mucha gente. Algunos de ellos vienen de una fiesta de disfraces, vienen festivos y hacen mucho ruido. Pronto todos suben al departamento de arriba, en el que hay una habitación pintada de rojo que tiene focos rojos. Al parecer, eso es motivo suficiente para mudar la fiesta a esa habitación. Me invento algún pretexto para quedarme abajo un rato más y ella se queda conmigo. Seguimos hablando. Ella acapara la conversación y se desahoga. Yo opino, pregunto, escucho y asiento con la cabeza. Me gusta oírla. Ella necesita que la oigan. A veces es más fácil hablar con un extraño y por algún motivo yo me presto al juego.
Alguien regresa al departamento de abajo por las cervezas que faltan y nos pregunta qué hacemos ahí solas. Nada, nada. Ya nos íbamos al cuarto rojo. Subimos, abrimos una cerveza nueva. Todos bailan, hablan fuerte, se ríen. Todos a un ritmo con el que no puedo sincronizar. Me siento fuera de lugar. Me inclino sobre ella y se lo digo. Ella también. Me dice que nos regresemos al sillón de abajo. La sigo. Dice que deberíamos dormir un rato y se acuesta en el sillón de enfrente. Yo no tengo sueño pero me acuesto. Prendo un cigarro y me volteo hacia ella. Ella está volteada hacia mí. Estamos frente a frente, en sillones separados, viéndonos a los ojos. Reanudamos la conversación. Sobre otros temas aunque de vez en cuando el tema del ex novio reaparece. La ruptura. Lo que debe hacer, lo que no debe hacer.
Suena mi teléfono. Es un mensaje de texto. Es de una chica que me insiste que vaya al bar en donde está. Debo haber hecho un gesto raro al leerlo porque ella me pregunto quién era. Le digo que nadie importante y le pido su teléfono para hacer una llamada rápida. Llamo a la chica y le pregunto si en ese bar cobran entrada. Sí, doscientos pesos. Lo siento, no tengo dinero, luego te veo. Cuelgo.
Vuelvo a acostarme y seguimos hablando. Ahora me toca a mí hablar sobre mi pasado amoroso. Cuando lo hago, pongo especial atención en mi uso de pronombres y adjetivos. No quiero revelar géneros. Ella me platica una historia sobre una amiga que resultó lesbiana. La historia no tiene chiste, no viene al caso. Sé que se muere por saber si soy o no soy.
Me veo muy bien hoy. Ella también se ve muy bien. Estar así acostada de lado le va muy bien. A ratos se acuesta boca abajo con los pies levantados y se ve todavía mejor. Esos zapatos son de lesbiana de estereotipo.
Vuelve a sonar mi teléfono. Me está llamando la misma chica de antes. No hay problema, me dice, yo te invito, yo pago todo. Rápidamente evalúo mis alternativas para el resto de la noche y me parece que ir al bar es la mejor. Le digo que sí, que en este momento salgo para allá y la veré exactamente a las 4:35 en la entrada. Cuelgo y le digo a ella que debo irme, me levanto del sillón y le pido que me diga por donde puedo tomar un taxi. También se levanta y me pregunta quién era. Yo también soy gay, le digo como si le debiera explicaciones, esta chica es una amiga con la que tengo una historia un poco complicada. Es mentira, en realidad es un acostón de hace un par de días.
Me detiene en la puerta y me pregunta si realmente soy gay. Me río de su pregunta. Insiste, ¿eres gay o sólo estás experimentando? Ya experimenté, contesto, y soy gay.
Salimos a la calle y al despedirnos me abraza y me dice que le he caído muy bien. Contesto que ella a mí también y hago algún chiste sobre como ella ha hablado sin parar toda la noche. Cuando me suelta, me dice en la cara, si me gustaran las mujeres, me gustarías tú. Lo tomaré como un cumplido. Sí, así tómalo, responde.
Empiezo a caminar en la dirección que me señaló y ella añade, cuando me gusten las mujeres te llamaré. Saludo con la mano y le sonrío condescendiente. Entonces, esperaré tu llamada.
4:27. No me gusta llegar tarde. Me volteo y me echo a correr.


martes, 1 de septiembre de 2009

primera vista




Lo mencioné de pasada antes, tengo frecuentes enamoramientos.

No relaciones reales. No coqueteos. No risas y persecuciones bobas de niña de secundaria.
Simplemente enamoramientos. Veo a alguien en la calle, en un antro, antes en la escuela, ahora en el trabajo. Y, con toda la ligereza de la palabra, me enamoro.

Un amigo mío me explicaba lo complicado que le resulta tener sexo casual. "Es que si partes de la premisa de que todas las mujeres tienen algo de lo que te puedes enamorar, no veo cómo puedes pasar sólo una noche con ellas".

Tal vez al justificar así su torpeza en el arte/ciencia de ligar, mi amigo ha llegado muy lejos, pero en el fondo tiene razón.

Si las observo detenidamente mientras hacen sus cosas, sin que se den cuenta, encuentro gestos que me parecen familiares, que me provocan abrazarlas, que me hacen sonreír pensativa. Pienso, ¿se dará cuenta su novio en turno de lo encantadora que es ella cuando se esfuerza en contar una anécdota boba?
O ella, que va abriéndose paso para salir del metro, con un rostro de cansancio que exige empatía luego de un pesado día en el trabajo, ¿tendrá alguien que la reciba al llegar, que la abrace y le diga báñate, ponte cómoda, debes venir exhausta, te voy a hacer de cenar?

O la copiloto de aquél carro, que va mirando por la ventana con un gesto de absoluta concentración, siguiendo con la mirada la línea del horizonte que divide las montañas y el cielo, sonriendo inconcientemente... ¡lo que daría por subirme en el asiento de atrás con mi cabeza recargada en su respaldo y pedirle que me diga en qué está pensando!
Una chica sola, sentada en un parque frente a un edificio de oficinas, chupando su cigarro para matar el tiempo durante su hora de comida porque no tiene a donde más ir. ¿Te aburre tu trabajo? A veces a mí también el mío. Vámonos, vámonos juntas.

Oigo una risa estruendosa: pertenece a una mujer que, muy delicadamente, echa su cabeza hacia atrás, sus hombros hacia arriba y adelante, se regodea en su felicidad. Chingado, ¡qué ganas de ir a preguntar cuál es el chiste para reírme yo también con ella!

La adolescente que se viste mal, que seguramente tiene pocos amigos en la preparatoria, sentada, esforzándose, leyendo lentamente, asintiendo con la cabeza, murmurando y gesticulando lo que lee. ¿Si estuviéramos en la cama, me arrullarías leyéndome al oído?

Un niño le dice a su madre ¿me lo compras mami? con la más ingenua de las ilusiones y recibe un impotente pero firme no mi rey, no puedo. Señora. Yo la entiendo. Yo sé que no es su culpa, yo sé que a veces no se puede. A mi también me duele.

Tú, la chica delgadísima con un aspecto totalmente andrógino, con pantalones entubados, con dunks, con los ojos excesivamente delineados y el cabello a la winehose. ¿Quieres ir a tomar unas caguamas en el parque frente a mi casa?

Esa señora que va manejando una enorme SUV negra con interiores beige mientra habla por radio. ¿Me llevas contigo al club?, ¿nos metemos al vapor?, ¿cerramos con seguro?

Si tengo sexo con alguien, a partir de entonces su cuerpo es mío y puedo tenerlo cuando yo quiera. Puedo revivir la lujuria y la ternura del momento en cualquier otro momento.
Pero también estos gestos de la calle, tomados prestados al pasar se vuelven míos y están todavía más llenos de posibilidades. No tengo nada que recordar y todo qué fantasear.
Es un pasatiempo muy delicado. De hecho es un pasatiempo peligroso. Tengo miedo de que al recolectar tantos gestos de tanta gente, me olvide de cómo es poseer todos los gestos de una sola persona.

lunes, 31 de agosto de 2009

Qué payaso.

I´m fucking old; una cosa vintage.

Pero alguna vez fui niño, uno imaginativo y retraído que no le gustaba comer ni hablar por considerarlas acciones inútiles.

Los niños son sus juegos como los adultos sus aficiones. Mi Aconcagüa lúdica consistía, esencialmente, en quitarle el cinturón a la bata de baño de mi madre, anudar un extremo alrededor de mi cuello, y el otro, a la pata de un mueble. Y ladrar de vez en cuando. Y así pasaba horas, casi un día entero. Mis padres estaban más que contentos con este juego y yo era feliz porque me lo dejaban jugar. No creo que esta foto sea espontánea, pero sí fidedigna:



Por una tía, por sus ganas de demostrar su tesis y sacar a pasear a la vana Gloria, aprendí a leer y escribir, sumar y restar a los tres años. Por supuesto que eso me creó muchos amigos, todos imaginarios. Sólo me llevaba con gente adulta y de ella copiaba sus temas y poses más aburridas.

Sólo un acontecimiento una vez al día me hacía romper las barreras de mi no edad. Cuando lo veía y oía saltaba y gritaba como sí sólo fuera a meter un solo gol en mi vida. Escuchaba esa voz tipluda y rápidamente me ponía en posición, subía el antebrazo y agarraba un micrófono de aire. Lo primero que en mi vida me hizo salir de mi fue un verdadero artista, mago y payaso: Ricardo González Gutiérrez "Cepillín".

El Ricardo estudió para odontólogo y en lugar de darle dulces a los niños una vez tapada la muela, optó por pintarse la cara. Magazo.



Uno crece, se olvida de sus héroes y luego uno copia algunos muy vanos y supérfluos o se vuelve uno vano y supérfluo, como yo.

Por ahí de 5 años me enteré que Cepillín había sufrido un infarto, que casi se muere. Qué ingrato he sido, pensé, yo creciendo y Capillín muriendo.

En una peda con el Pixi me contó que estaba, igualmente, en una peda con unos amigos y que de pronto se les había acabado el truco que los mantenía con los ojos abiertos. Alarmados, mirando las varias botellas de alcohol aún por vencer, se preguntaron un qué hacemos, no mames. El dueño del departamento les dijo: no me lo van a creer, en el edificio vive el Cepillín, él siempre tiene.

Tocaron a su puerta/ÉL los saludo/le contaron que estaban en la peda/le preguntaron si tenía/que se les había acabado/claro/dijo ÉL/pero pus invíten ¿no?/les respondió.

Y luego me enteré que su truco favorito consistía en desaparecer de una sola inspiración las blancas y eternas nieves de su Aconcagua lúdica. Magazo.

Cepillín, yo nunca olvido a la gente que me hace feliz, amigo, maestro, quiero compartir contigo un baile de Tomás uúuúuúuú. González, vivo cerca, como a una hora en camión. Richard, echémonos unas copas y lo demás que nos permitirá estar despiertos toda la noche, al fin tú siempre tienes; Ese Pillo, bebamos y amanezcamos, aunque eso signifique que a la mañana te tenga que enterrar con todo y mi infancia en tu ataúd.

jueves, 27 de agosto de 2009

BIZCONDE


"Una mente sabia no condenará jamás a alguien por haber utilizado un medio fuera de las reglas ordinarias para ordenar una monarquía o para fundar una república. Lo que se desea, es que si el hecho lo acusa, el resultado lo disculpe”.

O sea que "el fin justifica los medios". Pocas frases hechas aborrezco más. Como la de "Kafkiano" (úsese cuando alguien no entiende algo y dice con voz pacheca: órale, eso está bien kafkiano). Peor aún la de "Si Kafka hubiera vivido en México, hubiera sido escritor costumbrista".

Una fórmula: La frecuencia en la repetición de la frase hecha literaria, es inversamente proporcional al desconocimiento de la parte de la obra citada, de la obra misma o del autor.

El fin justifica el medio, dicen

es como el decir: me gusta esta foto, pero no se me ocurre nada para escribir.

Desde que me encontré esta foto no puedo dejar de visualizarla. Hoy he hablado con dos personas sobre ella y no pude explicar mi fascinación; creo que fueron extremadamente amables al escucharme.

Ese gato o lo que sea no me deja de mirar, ¿o es un murciélago peludo? ¿me quiere morder? ojalá que no muerda los hongos, se ven bien chonchos: se va a poner hasta su madre, no, sí, que lo muerda, a ver si así deja de verme tan feo. ¿Cómo viajará un gato si come hongo loco? ¿Hace las paces con los ratones y perdona la territorialidad o el hambre del perro, su hermano?

El hongo a la derecha del minino semeja la cola de una ballena que va a patear (o colear) el agua oceánica.

No debería de escribir esto, tengo un post pendiente donde hablo sobre mi héroe de la infancia, el gran Cepillín. Ya es bien tarde, mañana voy a andar bien bizco.

A lo que iba: "El fin es publicar esa foto, el medio: escribir cualquier pendejada". Ya casi son las 4 y no tengo sueño, mejor no me duermo, me voy en vivo, qué tal que ya no despierto. Ya estoy pensando pura mamada.

Bishito, bishito

lunes, 24 de agosto de 2009

Créditos.




Cumplo un año en una nueva ciudad. Ya siento la influencia de exactamente seis amigos que he conocido aquí y me gustaría decirles (agradecerles) lo que han hecho por mí. Sin ningún orden particular:

(1)

Junto a ti me siento como una niñita que juega a ser gente grande. Eres el cómplice de mi lado más inocente y mi compañero de juegos. Satisfaces mi más infantil necesidad de afecto: reconoces todos mis esfuerzos y jamás escatimas al concederme mérito.

Gracias a tu capacidad de penitencia eres dueño de mi más profundo respeto.

(2)

Evocas en mí la noción del antes y el después -quien he sido, soy y seré.

Me has redefinido el ideal de superación, el anhelo de explorarme – quien puedo ser y quien quiero ser.

Me liberas de decenas prejuicios -quien no soy y quien no puedo ser.

El sólo hecho de conocerte me reafirma los millones de posibilidades que existen.

(3)

Tú, como nadie, me produces admiración.

Cuando te conocí, admiraba tu pasión. Desde que te conozco de verdad, admiro tu fuerza.

Nadie como tú me ha obligado a examinarme hasta mis límites. Nadie como tú ha revuelto mi interior con los momentos más tiernos de vergüenza, de sufrimiento, de desesperación, de impotencia. Nadie como tú me ha forzado a cuestionar de la manera más minuciosa lo que significan el bien y el mal. Nadie, como lo haces tú, me quiere por características de mi personalidad que él mismo desenterró.

Para decirlo de la manera más clara que se me ocurre, existo gracias a que te conocí.

(4)

Tú me estimulas de las maneras más contrastantes.

Eres junto a mí alguien que me fascina ser. Eres alguien que no me gusta ser pero soy. Eres alguien que no quiero ser jamás. Pero sobre todo, eres alguien que quiero ser y no puedo.

Por eso, de ti aprendo de las maneras más diversas: con tus errores, con tus indicaciones y con tus ejemplos.

(5)

La razón por la que te quiero es sencillísima: eres puro. Parece que de alguna manera has logrado resguardarte a través de los años y te mantienes intacto. Tus pensamientos son libres, agudos y de un refinamiento al que aspiro. Eres mi mayor ejemplo a seguir de quien se mantiene fiel a su esencia.

(6)

Tú me escuchas.

Me aconsejas, te ríes conmigo, me aceptas, me compartes tus ideas y me quieres.

Simplemente me haces sentir importante.

martes, 18 de agosto de 2009

Vallejo Patera



Esta canción me huele a sopa de fideo. No. Me huele a caldo (quizá la carne de res cociéndose o los frijoles ablandándose) y al sonido chiflador (sisseo dirían unos onomatopéyicos) que emana de una olla express en pleno proceso.

Me suena a estaciones de radio con otras canciones igual de melancólicas y simples, a comerciales cantaditos. Veo esta canción y me imagino tardes de horas de 200 minutos. No hay comics o pornos, sólo libros con cubiertas semejantes que decoran el librero del departamento. Recuerdo 6 canales de televisión repartidos entre 13 posibilidades. En uno de ellos hay melodramas con mujeres de peinados chistosos y mirada lánguida y hombres de patilla larga y camisas con cuellos de alas delta. Luego, dos o tres caricaturas, la tarea y la merienda.

Entra por la ventana el sol aburrido de las 3:30 de la tarde, que me deja quieto en un sillón, donde serio, analizo la punta de mi zapato. El olor y el sisseo de ese vapor de caldo, me urgen a crecer y poder salir a la calle, donde hay gritos y partidos de futbol y caídas espectaculares y sangre en una cabeza que tiene imán para los accidentes. Me saca de mis sueños de guardameta la puerta de la cocina, que se abre mostrando a mi carcelera que me sonríe y luego tararea esta canción que en lugar de amor me parece música zombi.

Qué hubiera sido de mí, si mi madre hubiera sido Mod y en lugar de Radiocentro hubiera sintonizado Raaaadio quiniéntosnoventa: La Pantera!, donde The Who partía su batería o el Duque Blanco escondía sus disfraces. Gracias madre, seguramente ya todo me hubiera aburrido y ya le hubiera cedido mis decisiones a los hijos.

Miro la calidad de la imagen de video de Frente a Frente y la boca de Jeannette y me llevan inmediatamente a esas películas prohíbidas, protagonizadas por Jacaranda Alfaro, Angélica Chaín, o por la mejor de todas: Sasha Montenegro. Diosas que presumen sendos tesoros peruanos hundidos tras selvas abundantes. Alegres, al ritmo de música sabrosa, brincan a albercas salpicando todo de felicidad. Los anfitriones, vaso jaibolero en mano, aplauden como pueden. De súbito, entra a escena un policía gordete a corregirles la conducta licenciosa, pero las diosas rápidamente lo convencen de que entre en la alberca. Qué estilazo de clavado, oficial.

Ah, los setentas.

Aún después de todo, Frente a Frente me parece una canción horrible que me gusta. Es un cavernícola congelado en mi itunes que muy de vez cuando el Shuffle rescata. Y cada vez que la oigo me empieza a oler a sopa de fideo. No, de fideo no.

Pero ahora, como soy superfluo, sólo digo: Jeanette estaba buenísima.

sábado, 15 de agosto de 2009

DOS COSAS




Cosa una:


Soy un superfluo. Mejor dicho: me he convertido en un superfluo.

Antes era un buen amigo, el que siempre terminaba con el hombro moquiento, el de la palabra perpetua en la diana. Ahora, sólo me interesan las relaciones personales que me pueden llevar a ver el beisbol, beber en el Dogma u otros bares, irme de viaje, y sobre éstos, sobre todos, los viajes que hago en taxi a mis destinos clandestinos (Cuando llegué, solía decir que lo mejor de Saltillo son sus cielos, sus montañas; ahora creo que lo mejor de lo mejor son los taxistas nocturnos, feroces y sabios, magos que revelan todos sus trucos, trampas y chicanas. Esta ciudad, cuando libera su carga represiva, se convierte en una ciudad muy divertida).

Me estoy acostumbrando a los masajes en el deportivo, atiendo mi clase de tenis y corro en una banda con un ipod frente a un televisor gigante. Nado con gorra y siempre me ducho antes de entrar a la alberca. Termino mi ejercicio, paso al sauna, luego al vapor y me enjuago la pena y el dolor en regaderas de presión.

Ya casi no leo, ni tengo mucha oportunidad de ver las películas que quiero (He visto Transfomers y G.I. Joe y me divierto). Me presentan chicas lindas a las que no les vuelvo a hablar porque si bien no pago el trámite, sí exijo inmediatamente la licencia. Prefiero a las mujeres que bailan para mi y me llevan a privados a precios siempre bajos y que me dicen te quiero sin necesidad de conocernos. Ya no les respondo los mensajes de texto a mis amigas, menos los que llegan después de las dos de la mañana.

Ahora creo que toda felicidad que no provenga del alcohol es falsa.

Cosa dos:

Debería hacer un blog que recopilara todos los blogs que he creado y he abandonado. Soy como un médico loco abortista de blogs.

El primero fue Hotel Hawai, en honor a la extraña visión nocturna -y en LSDvision- que me causó ver, de azotea a azotea, un chalet suizo en la cúspide de un hotel en plena costa de Veracruz. Imaginaba que el habitante de la cabaña, ataviado en su traje de esquiador, saltaba desde el décimo piso hasta el mar, hundiéndose para después aparecer cerca de la refinería para abastecerse, e irse.

El último blog fue "Ya me cargó el payaso", en honor a esa sentencia que siempre me dejó la duda de por qué, alguien dijo y acuñó que lo peor que te puede pasar en la vida es que te levante un payaso.

Lo último que escribí en él, fue algo para mi entonces novia a distancia, amor de internet, loca hermosa.

Decía en el preámbulo de ese escrito:

ra:

A veces quisiera que ya no hubiera nada entre nos, sólo para poner este video a todo volumen y que la canción se adecuara a la situación triste, bochornosa, desperdiciada de habernos dicho: adiós ra, adiós ru.

ru.

Y bueno, me gustan las ironías y como uno suele atraer lo que le gusta, pues caí en ella. Pero cuando dejamos de vernos, la verdad, no quería cantar El Triste, ni poner videos, ni reírme de ironías, sólo quería dormir y para dormir tenía que beber. Y no, no tuve la oportunidad de decirle "adiós ra".

Adiós Ra.

He aquí al Príncipe.